Posteado por: leopatagonia | febrero 2, 2009

Enrique Raab: periodismo militante

Enrique Raab -Libro Crónica Ejemplares

Enrique Raab -Libro Crónica Ejemplares

Enrique Raab subió junto a su amigo Daniel Chirom al departamento 45 del quinto piso. Abril acomodaba sus primeros días en el otoño rojo de 1977. De pronto un golpe seco hizo temblar la puerta. “Los tipos no esperaron a que abriera, tiraron con ametralladora y como él estaba cerca de la puerta lo hirieron y se lo llevaron así.”, relató su hermana, Evelina Raab de Rosenfeld, en el libro Con vida los queremos: las voces que necesitaba silenciar la dictadura (UTPBA, 1987).

El edificio ubicado en la calle Viamonte 332 tenía varios cuerpos y estaba a metros de la Comisaría Seccional I de la Capital Federal. Pero extrañamente pocas personas registraron lo sucedido aquella madrugada. “Recuerdo que no dormí en toda la noche. A la mañana bajé y le pregunté al portero qué había sucedido. Me dijo que habían venido ‘esos tipos’ y que los habían metido a él y a su esposa dentro de su propia casa. Pero que la mujer, desoyendo las órdenes consiguió abrir la puerta y ver cuando se lo llevaban a Enrique. Según me contó, iba dejando un reguero de sangre en la alfombra”, cuenta Ernesto Schoo, que por ese entonces vivía en el cuerpo inmediatamente anterior al de Raab. Enrique y Daniel fueron encapuchados y arrancados del quinto piso del barrio céntrico de Buenos Aires. Luego trasladados a un centro de exterminio. “La presunción de Daniel, por el ruido de los aviones cercanos, es que estaban en la Escuela de Mecánica de la Armada.”, testimonió Evelina. Daniel Chirom fue liberado dos semanas más tarde. Enrique no. Aún continúa desaparecido.

Palabra de periodista

 

Enrique Raab nació en Viena el 2 de febrero de 1932. Pero la entrada de Hitler en Austria ahogó sus deseos de permanecer en su ciudad natal. Sin premura la familia emprendió un viaje hacia Grecia que desembocó en el Mediterráneo. Allí lograron embarcarse hacia la Argentina y escapar de las huestes del nazismo. Sin embargo la fatalidad vestida con otras ropas pero bajo un mismo idioma los iba a acorralar nuevamente.

Cuando arribaron a Buenos Aires Enrique tenía 6 años y a proyectar por la figura de su padre, iba a ser más bien bajo y robusto. Pronto comenzó sus estudios en una escuela de Reconquista y Corrientes y más tarde la secundaria en el Nacional de Buenos Aires. Ciclo que nunca pudo concluir. Pero su prodigiosa erudición, característica de la clase media judía de Europa Central, le permitió rápidamente encontrar un lugar entre los ámbitos culturales porteños. A fines de los años ‘40 formó parte del club “Gente de Cine”, creado entre otros por José Rolando Fustiñana. Allí se ganó el apodo de “Radio Varsovia” por la precisión y la sonoridad con que relataba cada día las últimas noticias sobre el comienzo de la Guerra Fría.

En el despunte de los ‘60 todo cambió de escenario. Las vanguardias artísticas, influenciadas por lo que sucedía en Londres, París y New York, encontraron su refugio. La idea mayúscula de “modernizar las artes argentinas” procuró moldearse a los cánones internacionales. “Esa explosión que hay en todo el mundo con los hippies, la minifaldas y los Beatles, repercute acá través del Instituto Di Tella. Enrique estaba todo el tiempo en el Di Tella y yo también, inclusive por razones profesionales, porque había que estar pero además nos encantaba”, dice Ernesto Schoo. En 1962 la pasión por el cine lo llevó a escribir y dirigir el cortometraje “José” que obtuvo el Primer Premio del Concurso Anual del Instituto de Cinematografía. El original se perdió y de la película no quedaron copias. Enrique no se detuvo.

El 3 de marzo de 1964 se incorporó a Primera Plana. Su período en la redacción fue efímero y cuatro días después de la desvinculación de Jacobo Timerman como director, dejó la revista. Pero la afinidad y el respeto que Timerman le prodigaba fueron argumentos suficientes para que volvieran a trabajar juntos en Confirmado. Raab fue enviado a París como corresponsal. El 6 de agosto de 1965 publicó “Paz para los hombres”, una entrevista al filósofo Bertrand Russell en conmemoración de los 20 años de Hiroshima.

A su retorno asumió la Jefatura de Redacción. La naturalidad para transmitir el oficio a los más jóvenes hizo de él una figura respetada por sus colegas. Mucho antes de abandonar Confirmado, inició contactos con la revista Panorama. “Él me enseñó algunos capítulos centrales de este oficio, él fue un periodista cuyas notas fueron permanente forma de aprendizaje, la prueba de que siempre era posible llegar un poco más lejos en este trabajo nuestro de la comunicación”, recuerda su compañero de entonces Carlos Ulanovsky en el libro de UTPBA.

Poseía la capacidad de narrar. De contar un cuento. A fines de la década del ‘60, Enrique Raab recayó en el semanario Análisis. Sus notas estuvieron orientadas a la actualidad del espectáculo y la televisión. El 15 de diciembre de 1970 se hizo cargo de la nueva sección de teatro, inaugurada por la revista. Entre las innumerables críticas y artículos publicados, sobresale “Réquiem para un viernes a la noche”, una necrológica sobre el fallecimiento de Germán Rozenmacher, en la que se lee: “A él, que conocía el terror de la ruptura, le resultaba imposible volver a enquistarse en ninguna costumbre, en ningún preconcepto, en ninguna cómoda complicidad”.

A mediados del año siguiente Análisis entró en crisis. El 24 de agosto de 1971, redactores y colaboradores fueron omitidos en el staff. “Se decide hacer una huelga  y una especie de toma simbólica de la redacción. Había venido la televisión y había cobertura de otros medios. Estábamos  por hacer una asamblea y llega Enrique vestido con un traje azul y una corbata de seda. Entonces le dicen la típica: ‘Enrique tomás la comunión’. Él se ríe y contesta: “uno va a la huelga como va a una misa, una huelga es una fiesta”. Era un tipo fantástico”, evoca Susana Viau.

 

El arte de narrar

 

La Opinión, el novedoso proyecto periodístico de Timerman, salió a la calle el 4 de mayo de 1971. Después de los sobresaltos gremiales de Análisis, Raab se sumó al diario. Allí desplegó toda su formación y sensibilidad para observar la noticia en diferentes planos. En diciembre de 1973 viajó a Cuba como enviado especial. La experiencia vivida en la isla concluyó en una serie de ocho notas publicadas entre el 5 y el 13 de febrero de 1974, cuyo título “Informe desde Cuba a quince años de la Revolución” promovió, a través de elementos críticos, desvelar la mirada sobre la realidad del país caribeño. El trabajo fue compilado en el libro Cuba, vida cotidiana y revolución (Ediciones De la Flor, 1975). Meses más tarde despachó desde Portugal catorce artículos sobre la denominada “Revolución de los claveles”. A las coberturas en el exterior y a sus crónicas habituales, se le sumaron frecuentes colaboraciones en La Opinión Cultural. “El día que conocí a Enrique fue como un acontecimiento en mi vida porque cuando entré a la sección de Cultura, él ya era un veterano dentro del diario. Era un tipo volante y por lo tanto no tenía mesa fija. Donde conseguía una máquina libre se sentaba a escribir. Hacía muchas notas afuera, desaparecía por unos días y después volvía. Su presencia se hacía evidente enseguida porque tenía una chispa impresionante y un grado de fantasía muy amplio. Siempre sorprendía con una ocurrencia o una frase que enganchaba a otros. Su presencia era una garantía de que algo iba a suceder”, dice Alberto Szpunberg.

En esa época el periodismo y la militancia respetaban los espacios sin olvidar el centro de gravedad que convergía en un único punto: un proyecto político. Mientras tanto los operativos de la Triple A se hicieron cada vez más violentos y fue necesario empezar a moverse con cautela. En la redacción ya se voceaban los primeros compañeros caídos. Dentro de ese escenario, Raab asumió la Jefatura de Redacción de la revista Nuevo Hombre (segunda época), que si bien respondía al PRT, intentó transformase en un medio con cierta independencia. Una semana antes del golpe de estado de 1976, Nuevo Hombre dejó de salir.

Raab no cesó. Para esa época ya había colaborado en El Mundo, El Cronista Comercial, Clarín y Siete Días. Se sabía propio de una inercia avasallante. En diciembre de ese mismo año y junto a otros compañeros discutieron los ejes de El Ciudadano. “Lo vi por última vez en un bar de Callao y Córdoba, días antes de salir del país. Quiso convencerme de que me quedara. Quise convencerlo de que se fuera. Pero Enrique no parecía tener miedo, no sólo porque era de veras valiente sino porque era, además, un delicioso fabulador”, relata desde Barcelona, Ana Basualdo. El 15 de abril de 1977, Enrique llegó a la redacción de El Ciudadano con la noticia de que Timerman había sido secuestrado. Entonces decidieron abortar el proyecto y marcharse.

Un día más tarde el teléfono sonó fuerte. Últimamente se empeñaba en sonar cada vez más fuerte. Alberto Szpunberg observó a su compañera y a su hija Victoria y levantó el tubo. Del otro lado Pablo Urbanyi habló como pudo “sabes que a Enrique lo internaron, parece que está jodido: peritonitis”. Alberto no tardó en descifrar el mensaje. Enrique Raab fue secuestrado el 16 de abril de 1977 en su departamento de la calle Viamonte. Era bajo y de contextura sólida y se iba pareciendo cada vez más a su padre.

 

Gabriel Zuzek y Leonardo Iglesias

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Responses

  1. Hola, una pregunta ¿la bibliografía de este texto es “Crónicas Ejemplares”? Para citarlo correctamente

    • Hola Martín, yo titulé la nota “Enrique Raab:periodismo militante”. Un abrazo y ojalá te sirva. Leonardo.


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