La noche del 4 de septiembre de 1957 se duerme con olor a muerte. En una casa de Vicente López, cuatro amigos juegan al truco mientras afuera caen copos de nieve. Mortales. La secuencia inicial pertenece a El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld. El rictus de Juan Salvo, su protagonista, a Francisco Solano López. Con esta imagen se abre la nueva etapa de la historieta argentina. Tal vez la mejor. Tal vez la única.
Oesterheld nació en Buenos Aires el 23 de junio de 1919. Estudió botánica, antropología y zoología. Pero rápidamente se inclinó por el cuento y logró sus primeros reconocimientos a través de Bull Bockett y Sargento Kirk. Allí conoció a los dibujantes Hugo Pratt y Alberto Breccia. Le interesaba la Historia vista desde el hombre común. Lejos, bien lejos de los superhéroes que volaban en el norte y que todo lo podían, sus protagonistas eran hombres contradictorios con un profundo sentido social. Y por sobre todas las cosas, sujetos políticos atravesados por el pasado reciente. Por ese margen, la humanidad de Ernie Pike, ojeó la Segunda Guerra Mundial y descendió hasta la punta del dolor. Luego vendrían los vaqueros Randall y Ticonderoga, en la cúspide de su período creativo. Para ese entonces, Oesterheld ya coqueteaba con elementos narrativos que lo acercaban a la literatura de aventuras y despistaban a los cánones.
1957 fue clave. Se alejó de Abril y fundó, junto a su hermano, la Editorial Frontera. Sacaron a la calle tres revistas. Oesterheld retomó un viejo guiño del folletín y El Eternauta comenzó a salir por Hora Cero Semanal, en tres entregas. No se equivocó. La apuesta tuvo un éxito inmediato. Juan Salvo, aquel hombre vulnerable y sensible, encapuchado con un traje hermético iniciaba, sin saberlo, la etapa más recordada de la historieta argentina. “Creo que el hecho de que en los ‘50 podamos haber previsto de algún modo lo que le esperaba a la Argentina fue un hecho inconsciente, de parte de los dos”, dijo Solano López. Inconsciente o no, El Eternauta anticipó una Polaroid del horror futuro: Buenos Aires invadida por un ataque extraterrestre. O lo que es más cruel: un plan diseñado por los invasores, para hacer desaparecer personas. Siempre, un factor de poder y coerción.
Narrada en un tiempo y un espacio, contemporáneo al autor, la historieta mezcló elementos de la ciencia ficción con registros de aquella Argentina que aún olía la matanza de José León Suárez retratada por Rodolfo Walsh. Que se ilusionaba con las consignas frondicistas. Y que disfrutaba del River de Pedernera y el tango “Caminito” cantado por Gardel. En ese país vivió El Eternauta. Fue un héroe esquivo y padre de familia. Juan Salvo, el mismo que nunca pudo con el miedo y la culpa de haber dejado a su mujer y su hija en la casa de Vicente López, mientras el mundo se derrumbaba.
El comic había resultado un éxito pero la editorial fue estafada y quebró. Aquí comenzaría la etapa más oscura de Oesterheld. En 1963 creó a Mort Cinder, bajo el pulso de Breccia. El personaje fue un fiel reflejo de su estado de ánimo, y tal vez uno de los mejores de su obra. Otra vez la historia. Otra vez la fusión de elementos: realidad y ficción. A pesar de pozo que lo enceguecía, realizó trabajos para Quinterno, Atlántida y algunos en Chile. Cinco años más tarde el mundo era otro. Oesterheld también. Seducido por la convulsión mundial, escribió El Che, su primera historieta políticamente más pura. Sin eufemismos. Ahí comenzó a manifestar sus inclinaciones ideológicas. Ya no habría retorno. La militancia escondía el sueño limpio y el espanto. En 1969 encaró la segunda versión de El Eternauta. En este proyecto no lo acompañó Solano López. Y no había invasión: los países poderosos entregaban a América Latina al enemigo. Los cuadros fueron editados por Gente. “El texto chocaba con el discurso general de la revista y el dibujo experimental de Breccia no ayudaba a limar asperezas”, escribe Pablo de Santis, en su libro Historieta y política en los ‘80. Oesterheld tuvo que luchar contra la rapiña de los editores y se vio obligado a comprimir el final en dos entregas. La resurrección de El Eternauta pasó desapercibida y concluyó abruptamente. Un año más tarde ideó La guerra de los Antartes, que publicó la revista 2001. Otra vez América Latina, ahora sumergida en una cabalgata hacia el socialismo. Explica De Santis “La historieta es política en sus sutilezas y en sus ingenuidades. Convierte a la política latinoamericana en ciencia ficción”. Años después se intentó una segunda versión en el diario Noticias, que quedó a mitad de camino.
Hacia el centro de la década del ‘70 las balas reemplazaban a las palabras. Oesterheld se incorporó a la Editorial Record. Su adhesión a la agrupación Montoneros ya no tenía secretos. En 1976 escribió la segunda parte de El Eternauta, nuevamente con los dibujos de Solano López. La terminó desde la clandestinidad. “Yo llegué a hablar con la gente de la editorial porque estaba haciendo una historia en que se le veía la pata a la sota”, dice su dibujante. Pero a Oesterheld no pareció importarle. La segunda versión pretendió ser una extensión de su mundo interno. La historieta se publicó en la revista Skorpios. Luego fue editada íntegramente por Record. El volumen se agotó en pocas semanas y fue reeditado dos veces en el mismo año. El mensaje era claro: la guerrilla popular debía resistir ante el copamiento del planeta por Ellos. En la trama se percibían ciertos guiños militantes, que fueron interceptados. Oesterheld sintió el corral husmeándole la nuca. “El Eternauta, como ningún otro relato producido en estas latitudes, despliega sin pretensiones ni autociencia un friso terrible de lo porvenir”, escribió el prólogo del libro, Juan Sasturain. Tal vez lo supo.
El 27 de abril de 1977, Oesterheld fue alcanzado por las huestes babeantes de la dictadura militar. Al igual que casi toda su familia. La única que logró sobrevivir fue su esposa, Elsa. De ahí en más El Eternauta siempre olió a muerte. A copos de nieve: desaparecidos.
Leonardo Iglesias
